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El debate feminista sobre la seguridad

Por María Villellas Ariño

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Desde la década de los noventa, el concepto de seguridad ha ido evolucionando desde concepciones únicamente militaristas hacia enfoques más globales en los que se entiende la seguridad no únicamente como una protección del Estado frente a las agresiones externas, sino entendiendo que la seguridad, y por tanto la inseguridad, está muy relacionada con las vidas de las personas individuales. Muchas de las amenazas contemporáneas tienen una incidencia directa sobre las personas: conflictos etnopolíticos, pobreza, violencia familiar, degradación medioambiental. [1] Esta evolución de la concepción de la seguridad cristalizó en el concepto de Seguridad Humana, acuñado por el PNUD a principios de la década de los noventa. La seguridad humana, tal y como la definió el PNUD en 1994, implica la protección frente a amenazas crónicas como el hambre, las enfermedades o la represión; y la protección frente a las disrupciones repentinas y dañinas en la vida cotidiana, en los hogares, el trabajo o en la comunidad.

Cabe señalar que el hecho de que este término fuera acuñado en los años 90 fue el resultado de intensos debates en los años previos, aunque de una manera menos sistematizada y no bajo esta denominación, desde diferentes sectores del feminismo desde principios de siglo ya se había aludido a otras formas de seguridad alejadas del marco de referencia militarista. A principios de siglo, y coincidiendo con el estallido de la Iª Guerra Mundial, Jane Addams había aludido al desarme como la mejor manera de garantizar la seguridad de los ciudadanos teniendo en cuenta la naturaleza indiscriminada de la guerra contemporánea. [2] También en la década de los ochenta organizaciones de mujeres definieron la seguridad como la libertad frente a la amenaza de la guerra y de las crisis económicas originadas por la deuda externa, el desempleo, el trabajo en condiciones de inseguridad, y enfatizaron cómo la seguridad carecía de significado si era construida a costa de la inseguridad de otros. [3]

Pero, ¿cuáles han sido las principales críticas que desde el feminismo se han vertido a las concepciones tradicionales de seguridad y que han contribuido al enriquecimiento del concepto de seguridad humana y al debate generado en torno a este concepto?

La concepción tradicional de la seguridad, tanto en los círculos académicos, como militares y políticos, ha girado en torno a la protección de las fronteras estatales de amenazas externas, o la protección de la autoridad del Estado en caso de conflictos internos, y ha concebido la seguridad como la ausencia de amenazas o conflicto violento. Así, el Estado priorizaría la defensa de la integridad territorial por encima de otras cuestiones. Esta afirmación puede ilustrarse aludiendo a la diferente asignación de recursos que en la mayoría de presupuestos nacionales se hace a la defensa nacional por un lado, y a los diferentes elementos que componen la seguridad humana: educación, sanidad, atención social, prevención de la violencia familiar, etc. Se trata de un discurso de carácter militarista que avala el monopolio del uso de la fuerza por parte de los Estados. [4]

Desde el feminismo académico, sin embargo, se ha señalado que la primacía que se ha concedido tradicionalmente a la seguridad política y militar ha excluido otras cuestiones del ámbito de la seguridad que sin embargo son sumamente relevantes para ésta, como puedan ser las cuestiones de género. Desde el feminismo se plantea, por tanto, que sería necesaria una ampliación del contenido del concepto de seguridad, trasladando el objeto de referencia más allá del Estado para incluir la inseguridad individual, regional y global. [5] Además, los análisis feministas de la seguridad han apuntado que la propia existencia y naturaleza de los Estados puede contribuir al aumento de la inseguridad más que a su reducción. [6] Esta afirmación supone una completa subversión de las nociones de seguridad imperantes hasta el momento, puesto que revierte completamente el papel del Estado como objeto a proteger frente la inseguridad definiéndolo en cambio como actor generador de inseguridad. Así pues, para el feminismo académico, el referente principal en cuestiones de seguridad debe ser la persona, más que el Estado, en consonancia con las propuestas del discurso sobre Seguridad Humana.

Otras de las críticas vertidas hacen referencia a cómo la división social entre el espacio público (que es el espacio a proteger en los discursos tradicionales sobre la seguridad, y cuya salvaguarda garantiza el Estado de derecho) y el espacio privado, deja a éste último al margen de la protección del Estado, lo que tiene graves consecuencias sobre la seguridad de las mujeres. Una de las principales aportaciones a la ampliación del concepto de seguridad que desde el feminismo se ha hecho ha sido la de cuestionar el espacio doméstico como un espacio de seguridad en sí mismo, puesto que la mayoría de agresiones y amenazas que sufren las mujeres tienen lugar aquí, y que por tanto debería ser también objeto de las preocupaciones sobre la seguridad. [7]

Después de que el concepto de seguridad humana se extendiera y fuera incorporado en las visiones de gran parte de las organizaciones internacionales (especialmente las vinculadas al sistema de Naciones Unidas), desde el feminismo se han hecho algunas puntualizaciones sobre el verdadero alcance de éste y sobre sus limitaciones. El concepto de seguridad humana habitualmente se ha utilizado de manera complementaria a las concepciones tradicionales sobre la seguridad, y no de manera sustitutiva, hecho que ha motivado que el Estado siga jugando un papel central como objeto principal a proteger. Además, como ha apuntado Mary Caprioli, bajo la pretendida naturaleza universal de la seguridad humana no debería obviarse que cuestiones centrales, como son la democracia o los derechos humanos (ambas forman parte del núcleo duro de la seguridad humana) tienen impactos diferentes en hombres y mujeres. [8] Así, las imágenes mostradas en Occidente sobre el mundo islámico y viceversa, imágenes orientadas a consolidar la visión de la otra parte del mundo como fuente de inseguridad, se han regido por patrones sexistas: las mujeres del mundo islámico aparecen como víctimas indefensas y pasivas que se constituyen en objeto de protección para las democracias liberales occidentales. Por su parte, las mujeres occidentales aparecen ante el mundo islámico como el símbolo de la depravación moral a la que podría llegar el mundo islámico de resultar exitosos los procesos de occidentalización. Por otra parte, miles de hombres jóvenes árabes fueron detenidos en EEUU tras los atentados del 11-S únicamente por su pertenencia a este grupo demográfico, continuamente bajo sospecha aún sin disponer de pruebas sobre la vinculación de estas personas con los hechos ocurridos. Es decir, que los estereotipos no sólo se refuerzan en un sentido, sino que afectan a toda la población.

Como ha señalado Tickner, la prevalencia de las imágenes de género usadas en el contexto internacional del post 11-S para amenazar o deslegitimar al enemigo parecen más centrales de lo que lo han sido en anteriores conflictos armados. [9] Otras autoras han puesto énfasis en cómo detrás de la militarización de la política exterior de países como EEUU se encuentra una ideología patriarcal que promueve la pervivencia de una política masculinizada. [10]. Esta situación vendría ilustrada por un fenómeno que de manera creciente está caracterizando la política de este país: la cada vez mayor presencia de políticos que anteriormente han sido militares y han desempeñado cargos de importancia en las FFAA, y cómo la experiencia en el campo militar se iguala al liderazgo político. [11] Por otra parte, hay que señalar que esta militarización de la política estadounidense ha venido acompañada de políticas regresivas en lo que respecta a los derechos de las mujeres (especialmente en el ámbito de los derechos sexuales y reproductivos) así como de la pérdida progresiva de importancia en la agenda de políticas encaminadas al logro de la seguridad humana, como las políticas educativas, sociales y sanitarias, entre otras.

Teniendo en cuenta el contexto internacional actual, parecería necesario construir concepciones de la seguridad que incorporen la perspectiva de género y las aportaciones que se han hecho desde el feminismo, de manera que se puedan contrarrestar las concepciones militaristas imperantes, que no sólo se han mostrado altamente ineficaces en lo que respecta a garantizar la seguridad global, sino que además han sido fuente de inseguridad.

P.-S.

*Investigadora del Programa de Conflictos y Construcción de Paz de la Escola de Cultura de Pau de la Universidad Autónoma de Barcelona. www.escolapau.org

Este artículo ha sido adaptado por la autora de su versión original incluida en el informe trimestral Barómetro sobre conflictos derechos humanos y construcción de paz, elaborado por la Escola de Cultura de Pau

Notas

[1] Tickner, A. J., Gender in International Relations: Feminist Perspectives on Achieving Global Security, Columbia University Press, New York, 1992.

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] VVAA, “Discourses in Transition: RE-Imagining Women’s Security” en International Relations, 2006, Vol. 20

[5] Hansen, L. y Olsson, L., “Guest Editor’s Introduction” en Security Dialogue Special Issue on Gender and Security, vol. 35, no. 4 Diciembre 2004

[6] VVAA, op.cit.

[7] Para información y cifras detalladas sobre la inseguridad y la violencia contra las mujeres en el espacio doméstico puede consultarse el informe del Secretario General de la ONU “Estudio a fondo sobre todas las formas de violencia contra la mujer” publicado en julio de 2006 y accesible en http://daccessdds.un.org/doc/UNDOC/GEN/N06/419/77/PDF/N0641977.pdf?OpenElement

[8] VVAA, op. cit. La traducción es de la autora de este artículo.

Desde este punto de vista, incorporar la perspectiva de género al ámbito de la seguridad supone “un enfoque capaz de situar el género en el centro de las preocupaciones tradicionales sobre seguridad -como los conflictos violentos- y en lo que se ha denominado como preocupaciones no tradicionales sobre seguridad -salud, empoderamiento económico, participación política. La perspectiva de género en la seguridad empodera a hombres y mujeres para reimaginar la seguridad de abajo hacia arriba, mediante aproximaciones contextualizadas”.2 Así, estas aproximaciones tendrían más en cuenta las circunstancias propias y particulares de las personas.

Algunas autoras han sugerido que tras acontecimientos como el 11-S, que han marcado la reciente consolidación de la cuestión de la inseguridad global como central en la agenda de las relaciones internacionales en los primeros años del siglo XXI, los estereotipos de género se han acentuado y devenido centrales en las propias relaciones internacionales.[[ Ticknner, J. A., “Feminist Perspectives on 9/11” en International Studies Perspectives, nº3, 2002.

[9] A. Tickner defiende que tanto en los discursos del Gobierno de EEUU en defensa de sus acciones militares, como en la organización al-Qaeda y su ferviente crítica a las relaciones de género en el mundo occidental, las imágenes estereotipadas de género han sido centrales. Ibíd.

[10] Enloe, C. “Masculinity as a Foreign Policy Issue” en Foreign Policy in Focus, Vol.5, No. 36, 2000; Enloe, C. “Macho, macho militarism” en The Nation, marzo 2006

[11] Ibíd.



2007-07


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