El curso de la vida, entendido como un proceso, como
un camino con un principio y un fin, actualmente se
caracteriza por la ruptura de las normas de edad,
siendo ésta irrelevante en sí misma, de tal manera
que la continuidad y el significado de la persona son
independientes de la edad. Nadie desea hacerse
mayor, envejecer, sin embargo, mantener determinadas
actitudes negativas ante un proceso que es
natural, esperable y deseable puede suponer para las
personas adentrarse en un túnel oscuro que, dada la
longevidad actual, puede prolongarse durante muchos
años. Este lamento por la juventud pasada,
como si la vida no valiera nada después de los brillos
de ésta, impide hacer una reevaluación constante
para aprovechar las posibilidades del presente: lo
único de que ciertamente se dispone.
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