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Mujeres de ETA: la cuestión del género en la clandestinidad

Por Miren Alcedo

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Nota de Mujeres en Red: Este texto fue escrito en 1997 y publicado en La Factoría. Lo recuperamos ahora por varias razones: la primera y principal es la de que acabamos de encontrarlo ;-), la segunda y también importante son las negociaciones que esperamos se inicien pronto y lleguen a buen término. Es momento de recordar, y desde Mujeres en Red lo queremos subrayar, que las mujeres tienen también mucho que decir y-y queremos oirlas y verlas- en este proceso.


No quiero convertirme en la mujer que, porque los hombres consideran de alguna forma macho, es aceptada. Cómo lograr que mi presencia signifique de hecho que otras también puedan estar, cómo lograr que mi presencia llame a otras y no tienda a considerarme, de alguna forma, un bicho raro, cómo lograr que estos hombres comprendan que la liberación de la mujer es un objetivo revolucionario para que lo asuman plenamente (...); cómo lograr que desgajada de lo específicamente feminista, mantenga vivo el problema y sepa distinguir lo revolucionario de lo anecdótico y reformista; cómo fusionar revolución y liberación de la mujer" [1]

Este texto de Dolores González Catarain, Yoyes, resume e ilustra el tema del que trata este artículo. Yoyes y yo desde estas líneas nos preguntamos: ¿Es posible reelaborar el concepto de género desde parámetros revolucionarios? ¿Lo ha hecho la organización ETA?.

Un poco de historia

En los orígenes de ETA no hay mujeres en puestos destacados. De hecho, entre los fundadores su presencia es inexistente. En los 60, aunque en algunos casos sufren grandes castigos a consecuencia de ello, aparecen en labores de infraestructura, en la retaguardia del varón. Esta actitud permanece a medida que transcurre el tiempo; cuando empiezan a morir los militantes de ETA varones, la mujer -la más cercana: su madre o su compañera- adquiere un papel protagonista en los rituales funerarios. Según la lectura que hace Aretxaga [2], estos actos constituyen una demostración de la indarra (fuerza) femenina al tiempo que un símbolo de fertilidad, signo de que no ha sido una muerte en balde, sino la semilla de futuros luchadores. Es decir, la mujer se mantiene en su papel tradicional, como guardiana de la etxe (casa) y representación de la tierra y de los poderes fecundos.

Con el paso del tiempo se observa que la mujer no se resigna a este papel contenedor y pasivo y reclama poder efectivo buscando ella también los que tradicionalmente han sido elementos de simbolización de la indarra masculina. La mujer exige una reconstrucción del género reclamando para sí lo que ha sido determinante en la definición tradicional del género masculino. En este sentido, la mujer empieza a imitar los aspectos más llamativos y tal vez más burdos de la conducta masculina. Así en los años 80 comienza a hacerse familiar la presencia femenina en los actos más espectaculares de la organización: las acciones armadas. A medida que la mujer coge el hierro y, sobre todo, en la medida que muere por el hierro, se observa en los comentarios de mis informantes varones una mayor aceptación de la mujer en la organización. La integración se paga en sangre.

El ingreso

¿Qué puede buscar una mujer cuando ingresa en ETA? ¿Tiene las mismas expectativas que un varón?.

Puede afirmarse que, independientemente del sexo, hombres y mujeres ingresan en ETA por una común necesidad de orden más afectivo que ideológico originada por varios factores:

- Vivencia de la situación de Euskal Herria como de una situación agónica que exige una respuesta, aunque ésta sea pagar vida por vida: la vida de la comunidad se asegura mediante la puesta en peligro de la vida individual. Este factor tiene especial importancia cuando se conoce a alguien que ha sufrido o está sufriendo una situación de castigo: cárcel, muerte,...

- Hastío y necesidad de encontrar un sentido. La vida, que se presenta como un caos al que sólo pone fin la muerte -en sí misma el mayor absurdo de todos, la última estafa de la vida- puede tener un sentido precisamente enfrentándose a la posibilidad de morir, tomando un papel activo. De esta forma, vida y muerte encuentran sentido.

- Además de los dos factores anteriores, aparece un tercero, unas veces mejor definido, otras expresado de manera más confusa, pero siempre influyendo en todas las mujeres con las que he tenido ocasión de hablar. Éste es la posibilidad de reconstruir el concepto de género y modificar las relaciones entre los miembros de ambos géneros a partir de la experiencia de militancia. Las mujeres de ETA suponen que todos los integrantes de la organización, también los hombres, participan de esta misma preocupación. Además de los factores nacionales o de lucha de clases, colocan en un lugar importante la lucha por los derechos de la mujer. No saben exactamente articular qué es lo que esperan de la organización a este respecto. Los testimonios de las informantes hablan de cómo desean un trato digno y equitativo para hombres y mujeres, no ser discriminadas en función del género y un nuevo reparto de los roles sociales. Tras el triunfo revolucionario -piensan las mujeres de ETA- estos logros se extenderán a toda la sociedad vasca libre. El campo de experimentación es la propia militancia y las relaciones entre militantes.

En este artículo examinaré la cuestión de cómo responde ETA a esta expectativa. Al realizar trabajo etnográfico no he entrevistado a todas las mujeres que han militado en ETA, así pues puede haber quien no se identifique con las afirmaciones que han hecho sus compañeras, porque cada persona tiene una diferente experiencia de vida.

La mujer militante

Según las experiencias de mis informantes, no existen trabas especiales para el ingreso, y el papel que han de cumplir en la organización es el mismo para hombres y mujeres. Sin embargo, señalan las mujeres, cómo en las primeras acciones dentro de la organización se sienten observadas y puestas a prueba, más que si fueran varones. Transcribo a continuación un testimonio ilustrativo. La informante es una mujer joven que militó en la segunda mitad de la década de los 80.

- "Al principio en nuestro grupo éramos 4 chicas y 3 chicos que nos conocíamos del pueblo. Luego quedamos sólo dos chicas; dos chicas que todavía no habíamos hecho más que una pequeña cosa, poner una bomba en algún sitio..., o sea, te quiero decir que no habíamos hecho todavía nada, nada, aunque entonces pensábamos que éramos Sandokán en versión de Euskadi. Lo que sí tengo recuerdo de eso es que una vez cuando ya estábamos integradas, ya teníamos pipas [3], teníamos todo eso, estábamos conscientes de lo que íbamos a hacer, porque ya habíamos tenido bastantes posibilidades de dejarlo ya, cuando la gente del grupo había pensado en dejarlo, y, bueno, nos dijeron para la primera ekintza un poco gorda. Y nos llamaron y nos dijeron: Bueno, pues en tal sitio, a tal hora. Y yo tengo recuerdo de que las dos comentamos: Bueno, según lo que hagamos mañana nos aceptarán. Y era porque éramos tías. Este recuerdo tengo de las dos, que teníamos consciencia: si hacemos una chorrada que puede hacer cualquier otro -por los nervios, porque es la primera vez que vas a una cosa así, porque estás con gente que no conoces, no sé, que te puede pasar, y porque éramos unas crías-, que te puede pasar; según como hubiéramos actuado nos aceptarían o no. Tienes que demostrar mucho-mucho más siendo tía.

- ¿A un chico se le perdona más?

- "Sí, sí, yo creo que sí. Ahora, una vez que te aceptan, yo en ese sentido no he notado ninguna discriminación, en ese sentido, en el sentido de: Vamos a hacer unas ekintzas y tú que eres chica vas a tener que estar aquí escondida por si vienen. No, ya eres otro más. Ya te tienen en cuenta pues según tu papel, pues oye, cómo lo puedes hacer mejor. Yo no he notado en ese sentido, en todo lo demás notas igual que aquí".

- Y una chica ¿puede plantearse hacer más, exponerse más, para demostrar que vale?

- "En un principio, luego no, pero en un principio sí. No el exponerte más pero que tienes que demostrar mucho más que sí, que tú también eres capaz, aunque seas una tía, eso está claro al principio. Al menos así lo entendimos la otra y yo, fue lo que comentamos: Según lo que hagamos mañana -porque éramos tías- nos aceptarán o no nos aceptarán. Y parece que salió el asunto bastante bien, porque luego sí, estuvimos integradas".

Una mujer tiene que luchar contra los tópicos que su compañero varón ha recibido en su enculturación y que ahora rebrotan al crear la nueva comunidad. La mujer se convierte en objeto de bromas que la hacen aparecer torpe, charlatana, descuidada, en suma, un elemento de escasa confianza. Al tiempo, cada vez que hace algo de forma correcta recibe unas felicitaciones y agasajos que no recibe un varón y mucho más exagerados de lo que la acción en sí misma merece.

Es decir, que la mujer puede verse minusvalorada en función del género. Y no sólo por la imagen que los varones tienen de ella, sino por la autovisión que tienen las propias mujeres. Esto puede llevar a que, para demostrar lo que valen, y para conseguir poder dentro de la organización, se arriesguen más o que sean más frías y duras en la acción. Según los testimonios de los varones los militantes más "sanguinarios" (sic) son mujeres. Habría que preguntarse hasta qué punto no es la presión que se ejerce sobre ellas la causante de ese rigor, de esta "masculinización" del comportamiento que tiende a imitar los aspectos más burdos del modelo masculino.

De cualquier forma, también señalan hombres y mujeres que tras un primer período de tanteo, a veces acompañado de actitudes desconfiadas o paternalistas, hombres y mujeres realizan las mismas funciones, ocupándose de unas u otras tareas en función de las habilidades personales.

La gran pregunta es por qué, entonces, no hay mujeres en puestos de responsabilidad. A ella no he encontrado una respuesta satisfactoria. Además, aun en el caso de llegar a ese puesto, esto no se traduce en un mayor respeto hacia el resto de las mujeres, la que lo consigue es una excepción; en cambio, los errores que pueda cometer, sí empañan al resto de las mujeres.

En este sentido es interesante la reflexión que Yoyes [4], escribió en su diario en 1983, cuando ya llevaba cuatro años alejada de la organización.

"La esperanza de que me impondría como mujer en un mundo de hombres me empujaba, me sentía fuerte, yo diría que llena de vida y entusiasmo. Y cuando me impuse como mujer, o al menos así lo sentí, ya era demasiado tarde, me había agotado en la lucha, o el triunfo no me daba nada. Primero, comprendía que era algo individual, que no se traducía en más respeto y solidaridad para con otras mujeres, y segundo, ese triunfo era la derrota de mi lucha como mujer en un futuro no muy lejano" [5].

El desencanto al comprobar estas premisas puede ser grande. Cuando le parece ver que dentro de la nueva comunidad se calcan los mismos parámetros de conducta en los que ha sido socializada, puede aparecer el desengaño e incluso el deseo de abandono; desde una perspectiva de mujer puede entender que no merece la pena el sacrificio que comprende militar para construir una sociedad asentada sobre los mismos valores, sólo que esta vez en tricolor.

D2 me hablaba de cómo este desengaño se va gestando en los pequeños detalles:

- "Te haces una idea igual un poco equivocada de lo que es; no sé, te crees que te has metido en una organización en que la gente va igual como tú, que es supermaja, que estamos superliberados de cantidad de cosas, y te metes en una organización en que la gente funciona igual-igual que en una sociedad como la de ahora, por ejemplo, en el rollo de feminismo y todo eso te quiero decir".

- Y de eso, ¿cómo te dabas cuenta?

- "Pues mira, por ejemplo, cuando tuvimos que pasar al otro lado y tuvimos que pasar por monte y éramos un montón de tíos, pues igual éramos ocho tíos y yo, la única tía, pues cuando dijeron ’Hay que hacer dos grupos’, pues, quitando el que hoy es mi marido, que ni comentó nada, le daba igual el primero que el segundo, el resto de la gente quería ir en el grupo en el que no fuera yo, porque era tía y porque pensaban que no iba a poder subir al monte o...".

- Que los ibas a retrasar.

- "Que no iba a responder. Eso fue la primera vez que me di cuenta. Lo demás, pues hombre, nadie se atrevía a decir ’Que haga el fregado ésta’, porque ya sería descarado estando en la misma situación".

- Y en una organización revolucionaria.

- "Sí, pero, no sé... Hombre, tampoco vamos a pretender que te traten como a un tío, no te tienen por qué tratar como a un tío, ¿no?, pero hay detalles o cosas que, bueno, las pasas, pero te pueden llegar a molestar, las pasas porque bastante difícil es una convivencia. Y, ya te digo, allí entonces arrimaba el hombro todo el mundo, porque, desde luego..., bueno, ahora ni lo planteas, pero con 18 años..., ¡encima, como para que te estén tocando las narices en una situación de ésas! Pero sí ves detalles de esos. A mí, por ejemplo, el del monte me dolió mucho, porque yo sabía que había andado mucho en el monte -antes, además, andaba mucho en el monte, salía mucho con las amigas y con los amigos, con cuadrillas y tal- y que podía responder, al menos igual que otro cualquiera de ellos, eso está claro. Y me dolió mucho, porque nadie decía: ’Yo voy en el primero’; todo el mundo se arrimaba al grupo que no iba yo y al final tuvieron que designar los grupos. Y, claro, yo era en el más torpe, eso que dices: ’Pues también manda narices’. Lo mismo que cada vez que he pasado por el monte, las primeras veces, porque luego ya te conocen, todo el mundo, cuando pasabas y veían que habías podido pasar y pasabas normal con el tiempo que más o menos el resto de la gente hacía en el monte, te decían: ’Joder, qué bien andas en el monte’. No andaba bien, andaba como otro cualquiera. No creo que a nadie le hayan dicho: ’Qué bien andas en el monte porque has tardado cuatro horas en vez de cuatro horas y media’. A mí, sí. Así, detalles de estos. Y mimarte más de lo que deberían de mimar porque ibas a subir un monte y no sé cómo. En detalles te das cuenta de que no, de que no, de que la gente es igual que en la sociedad, que es un reflejo de la sociedad; la gente tiene muy asumido Euskadi, independencia, aquello, pero nada más, nada más. Eso fue la primera vez que dices: Bueno, ¿adónde vamos a ir?, ¿qué sociedad vamos a crear si somos los mismos? Vamos a ser independientes y vamos a ser más progresistas y más socialistas, lo que quieras, y ¿qué más?, si vamos a funcionar igual. Ese fue igual el primer golpe de: Bueno, ¿adónde vamos?".

Hay otra pregunta sin respuesta: ¿por qué hay tan poca mujer dedicada al trabajo teórico? De hecho, no hay ninguna mujer que se haya destacado por un trabajo teórico importante, los ideólogos de ETA han sido siempre varones.

Relación de pareja

Una cuestión también interesante es observar el funcionamiento de las parejas dentro de ETA. A este respecto tengo que señalar que ninguna de las chicas que yo he entrevistado ingresó en la organización siguiendo a un hombre, lo cual no quiere decir que estos casos no existan. Todas mis informantes tomaron la decisión de militar antes de tener pareja. Posteriormente es frecuente, por el propio carácter de la organización y de la militancia, que formen pareja dentro del marco comunitario, es decir, con personas a las que se les supone un talante no sólo abierto sino revolucionario.

- ¿Cómo es en este contexto la relación de pareja? [6]

- "Paradójicamente, y esto es algo que hasta los mismos varones reconocen, la organización no ha creado a este respecto un nuevo paradigma de comportamiento sino que éste responde a un modelo cultural heredado. Es una queja extendida entre las chicas que las cargas familiares descansan fundamentalmente en la mujer. Si la pareja decide tener hijos es la mujer la que se ocupa de ellos; si la mujer decide seguir en la vida política puede darse el caso de que la pareja decida no tener hijos para "no quitar tiempo a la mujer" (sic). Es raro el caso del varón que decide hacerse cargo de las tareas domésticas para facilitar el desarrollo profesional o político de su compañera".

Es también curioso el aspecto que hace referencia a la identidad social de la pareja dentro de la organización. Es decir, a cómo muestran el reparto de poder ante los compañeros. Señalan los informantes como normalmente uno de los miembros de la pareja es quien toma las decisiones y quien lleva el peso de la militancia. Según el talante de cada persona, unas veces puede ser el hombre y otras es la mujer. Cuando sucede el primer caso la mujer suele mantenerse discreta en un segundo plano. Cuando es al revés, el hombre -estoy generalizando- no puede evitar asumir el protagonismo que le corresponde a su compañera. Un militante varón me comentaba:

"Yo nunca le he oído decir a un tío: ’Qué va, yo estoy aquí por la mujer, aquí la mujer es la que ha montado...’ Sólo a uno, éste sí: ’Yo en la puta vida, yo por la mujer, a mí me metió la mujer’. Además la mujer es una tía que vale la hostia, milita de puta madre y era ella la que organizó, la que metió todo el rollo, la que decía lo que tenía que hacer y andaba más firme que la hostia. Pero es el único caso que he conocido y sé que hay más casos. Yo sé de otra gente que era la mujer la que tiraba "palante" aunque ellos vayan ahora de comandantes y de no sé qué en la cárcel. Pero tú sabes y dices: Sí, vaya historias cuenta éste cuando ha sido la mujer la que ha... Y les ves en la cárcel y parece que eran...".

"Es que ahí funcionan un montón de mecanismos que es la hostia. Igual es insoportable para el tío pensar: Joder, ¿qué pasa?, ¿qué no tengo cojones y tiene que ser la tía la que vaya a pegar tiros? Conozco yo un caso que ha sido al revés. La tía es la que ha militado y el tío entró por los cojones de la tía, la tía le dijo: ’Ahora lo tomas o lo dejas’. Y el tío lo lleva de puta madre, y te lo dice él, es un sano-sano: ’Yo estoy aquí por la mujer, yo no pensaba en nada’. Y cuando formalizaron relaciones le llevó a casa, le enseñó el armario, tenía todo el armario lleno de armas y le dijo: ’¿Ya ves lo que hay aquí? Pues, si quieres seguir conmigo, lo tomas o lo dejas, yo aquí estoy y hago esto’. Y así dice él mismo que fue como entró. Pero reconocerlo como hacía este tío, es muy raro ese tipo de reacción, en un tío es muy raro".

El castigo

Carezco de datos sobre el papel de la tortura en el sistema policial del Estado español de 1997, sólo cuento con los testimonios que yo he recogido, en todos los cuales está presente la tortura. Las mujeres entre las que he hecho trabajo de campo cuentan cómo se les aplicó torturas específicas para mujeres, con un componente sexual importante: vejaciones diversas, simulaciones de violación, etc.

Esto por lo que hace al comportamiento de los "enemigos", pero dentro del grupo, y también respecto al castigo, hay una diferenciación por géneros que sigue parámetros harto tradicionales: Normalmente el hombre "va a librar" a su compañera; hace caer sobre sí todas las culpas para evitarle de esta forma la cárcel a su compañera, sin parar a preguntarse quién es capaz de soportar mejor el castigo. Según decía un informante varón:

- Todo dios va a librar, que es otra machistada, por cierto, porque ¿por qué cojones tiene que salir la tía y no el tío? ¡No te jode! Pero, bueno, como siempre hay ese rollo, que salga la mujer, ¡joder, y ¿por qué no puede salir el tío?!.

- ¿Porque el tío puede no querer?

- "Porque el tío no quiere. Pero igual los dos con las mismas declaraciones policiales, pues si los dos lo tienen mal... Pues hay que ir a librar a la tía, porque el tío quiere comerse el marrón, con el rollo paternal este. Igual lleva la cárcel mucho peor que la tía, igual la tía está muchísimo mejor, pues nada, hay que sacar a la tía. Hay que hacerse el duro y luego allí igual se esta cagando en Dios. No sé por qué será, pero es así".

Según los testimonios que yo he recogido para elaborar mi etnografía sobre los militantes de ETA [7], en la organización hay una caracterización en función del género que hasta los mismos varones reconocen que sigue modelos culturales heredados y no de nueva creación, los cuales conforman y lastran la forma de entender las relaciones entre los sexos y el papel de la mujer.

ETA ha sido una organización marcadamente masculina en la que los hombres han tenido el control del poder y donde se han impuesto los que tradicionalmente vienen siendo los valores masculinos: independencia, búsqueda del triunfo, fuerza -que se demuestra recurriendo a la violencia si es necesario- y una clara diferenciación respecto al otro género -que, por ejemplo, impide mostrar los afectos para no ser considerados afeminados [8]-.

Semejante caracterización hace que la presencia de las mujeres sea problemática, de escasa trascendencia y sólo reconocida cuando las mujeres han tomado actitudes tradicionalmente identificadas como masculinas.

Ante esta situación son frecuentes los casos de mujeres que se decepcionan, porque como podía leerse en una cita previa, ven que marcharse de casa para entrar en una organización que promete la revolución no es garantía de que una mejora en su cotidianeidad. Observan un reparto de roles en función del género muy similar al que tenía la generación de sus padres y que los cambios que, efectivamente, se han producido no se deben al trabajo que la organización como tal ha llevado a cabo sino a una modificación de las costumbres más amplia que afecta al conjunto de la sociedad. Que, al menos en este campo, es la organización la que va por detrás de los cambios sociales y no la que los promueve.

Hay quien, pese a todo, aun siendo consciente del panorama que he descrito, piensa que militar es una ayuda en su lucha como mujer. La militancia le aleja de una serie de convencionalismos a los que, si no, estaría abocada. Algunos muy inocentes: no tener que aceptar ciertas normas impuestas en la familia. Otros de más enjundia, como tener en sus manos la posibilidad de transformar la sociedad y de adquirir protagonismo en ella.

En lo que muestran unanimidad todos los testimonios es en declarar que imitar el modelo masculino es insuficiente pues sólo puede conducir a una nueva alienación. Que es necesario construir un nuevo concepto de la femineidad y a partir de él establecer las relaciones entre géneros.

P.-S.

Miren Alcedo es Profesora de Antropología Social en la Universidad del País Vasco y autora del libro "Militar en ETA"

Notas

[1] YOYES, desde su ventana, p.57.

[2] Los funerales en el nacionalismo radical, Baroja, 1988.

[3] Pipas: armas en general.

[4] Preguntando uno de los chicos por qué pensaba él que no había mujeres en los puestos directivos de ETA, respondió: "¿Por qué no han llegado? No tengo ni puta idea de por qué no han llegado. Llegó Yoyes y mira cómo acabó, que yo creo que ha sido la única tía que ha estado en la dirección".

[5] YOYES, Desde su ventana, p. 60

[6] Me estoy refiriendo a parejas heterosexuales. En las cuales la dicotomía varón-mujer, puede forzar la división de roles en función del género.

[7] Militar en ETA: historias de vida y muerte, Haranburu, Donostia: 1996.

[8] Señalan Deborah S. David y Robert Brannon que estos son los cuatro imperativos de la masculinidad; citados por BADINTER, E.: XY La identidad masculina.


Fuente: La Factoría. 1997


2006-05


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