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Mujer migrante

Por Luciane Udovic

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“En la búsqueda de un sueño, el trabajo semi esclavo es sólo una de las múltiples dificultades que enfrentan las mujeres migrantes bolivianas”

La migración de miles de mujeres de los países pobres hacia los ricos, y también dentro de América Latina, está directamente relacionada con las políticas macroeconómicas impuestas por los organismos multilaterales. El pago de las deudas además de empobrecer a los países, impide que los mismos se desarrollen de forma sostenible obligando a miles de jóvenes, hombres y mujeres a buscar mejores condiciones de vida en otros países. Un ciclo económico injusto e inmoral que afecta particularmente a las mujeres.

Cada centavo que se paga de deuda significa menos recursos para educación, salud y seguridad alimentaria de las mujeres y sus familias. Miles de mujeres son condenadas al trabajo precario y mal remunerado y, muchas veces no pagado, al desalojo de sus tierras, a la privatización de los servicios públicos. Las mujeres son acreedoras de una enorme deuda histórica, ecológica, social, ética y financiera que se ha acumulado a lo largo de la historia de colonización patriarcal y que continúa hoy acumulándose como consecuencia de la explotación capitalista, del saqueo de nuestros recursos de nuestras economías y de nuestros pueblos.

Falsas promesas

No es de hoy que escribimos y hablamos sobre los miles de migrantes que partieron de sus tierras con las promesas de mejores días. El caso de las migraciones bolivianas en Brasil es un ejemplo típico. Engañados por falsas promesas de trabajo digno y bien remunerado, hombres, mujeres y niños llegan a diario a Brasil para enfrentar la dura rutina de manejar máquinas de coser confinados en cuartos estrechos , oscuros e insalubres en los barrios de Bom Retiro, Pari, Mooca, Brás, Canindé... etc, en la gran metrópoli de São Paulo.

Esta es una de las centenares de denuncias que recibe el Centro de Apoyo al Migrante (CAMI) , localizado en el barrio del Pari, en São Paulo: “Estaba trabajando en Bolivia y en el trabajo me estaba yendo mal. Yo y mi esposa escuchamos en la radio que necesitaban personas para trabajar en Brasil, nos habían dicho que pagarían bien, que iríamos a ganar unos USD 200 al mes, pero llegando aquí no fue así, y nos sentimos confundidos. Los días pasaron, y el dueño del taller ya no nos dejaba salir a la calle. Nos encerró y yo no sabía qué hacer por qué tenía a mi esposa y mi primo. Si discutía con el dueño él iría a tratarlos mal, y por temor preferí quedarme callado.

Mi esposa estaba embarazada de un mes y aun así seguía trabajando para pagar lo que debíamos. El dueño del taller que nos tenía prestado dinero para atravesar la frontera nos hacía trabajar hasta una o dos de la mañana, para pagarle aquel maldito dinero. (Pedro M. L., 6 de septiembre de 2006).

Sin embargo, hay un aspecto todavía poco denunciado y debatido, pero que está presente en la vida cotidiana de esas personas que viven en Brasil mostrando que, más difícil aún es la vida de las mujeres bolivianas inmigrantes. Dificultades que van mucho más allá de la explotación laboral: tienen problemas relacionados con la documentación, el trabajo (hay muchos casos de insalubridad, enfermedades, no pago por el trabajo en los talleres de confección) y, desgraciadamente, la violencia doméstica. Vale resaltar aquí que el fenómeno migratorio es ahora objeto de discusión a partir de varios presupuestos teóricos y de manera interdisciplinaria en las ciencias sociales. Algo muy importante para que se pueda superar esta forma inhumana de la explotación capitalista.

Sin embargo, hasta hace poco tiempo, la mujer migrante era vista sólo como la persona que acompañaba al marido e hijos en la gran aventura de luchar por mejores días. Aunque sea la figura femenina la que facilita la socialización de los suyos en el país de destino, es ella quien más sufre en el proceso.

En este sentido queremos abordar la migración boliviana en São Paulo, a partir de las cuestiones femeninas. Aunque parten nutridas de sueños y con la intención de mejorar la vida, al cruzar la frontera, muchos de los prejuicios de género se vuelven todavía más relevantes. Son víctimas de muchas violencias, inclusive la doméstica. Muchas de ellas están en situación irregular, lo que dificulta el acceso a los mecanismos de apoyo. La situación de ilegalidad y la dificultad lingüística les impiden que se desplacen a los servicios de apoyo a las víctimas.

Inclusive, eso dificulta mucho conocer los índices de esta realidad. Las mujeres inmigrantes, no solo afrontan las desigualdades de género sino también las barreras étnicas y racistas en el país de acogida.

Talleres de esclavitud

La cadena productiva del lucrativo mercado de las confecciones se basa en el reclutamiento de mano de obra barata de Bolivia (cada mes, entre 1200 y 1500 llegan a trabajar en São Paulo). La mayoría laboran en pequeños talleres de confección clandestinos localizadas en 18 barrios de São Paulo que suministran mercancías a las grandes tiendas como Marisa, Riachuelo, Renner y C&A, etc.

Estos inmigrantes laboran en jornadas que sobrepasan lo que la ley permite, ganan centavos por pieza producida y viven en el taller de trabajo. Son varios hombres, mujeres y niños alojados en un mismo cuarto, muchas veces sin ventilación, conviviendo con la pelusa de las telas que los expone a muchas enfermedades, en especial la tuberculosis. El derecho de ir y venir les está negado porque, por regla general, el migrante tiene una deuda con el empleador por la forma como llegó a Brasil.

Entonces, aunque no estén encadenados/as, la súper explotación y la falta de libertad permiten concluir que viven en una condición semejante al trabajo esclavo.

Doble opresión

Engañados, humillados y desesperanzados, muchos migrantes encuentran en la bebida una especie de anestésico para soportar esta situación. El resultado, todavía más desastroso, recae sobre los hombros de la mujer. Es ella, la que aguanta toda la frustración e incomodidad de los compañeros que, muchas veces son traducidos en actos de violencia física y psicológica.

Si esta situación de violencia doméstica ya es difícil para la mujer brasileña que, tiene mucha dificultad para asumir y denunciar situaciones de agresión, aunque actualmente estamos amparadas por la Ley Maria da Penha -que da mayor protección a las víctimas de violencia incrementando las penas para los agresores –, ¿imaginen la situación de la mujer boliviana en Brasil? Sin papeles, en situación de trabajo irregular e inclusive con el peso de la cultura de la sumisión, sufre en el alma, en la mente y en el cuerpo las injusticias y agresiones de un modelo neoliberal que no sólo esclaviza el modo de producción, sino que deshumaniza las relaciones entre hombres, mujeres y niños.

Recordemos que la migrante mujer, por regla general, también es madre y encara además el sufrimiento de ver a sus hijos marginados o ridiculizados en el ambiente escolar, pese a que el Estatuto del Niño y el Adolescente dice que ningún niño se quedará sin escuela. Pero la realidad es otra. Muchas escuelas no aceptan a hijos e hijas de migrantes.

El trabajo con las mujeres bolivianas, a veces, es difícil por la dificultad de comunicación. Muchas no hablan el portugués. Entre ellas, no son raros los casos de salud debilitada debido a enfermedades sexualmente transmisibles, como la sífilis. Uno de los fenómenos más recientes y preocupantes es el número de bolivianas que tienen hijos incluso en la adolescencia. “Ellas huyen de su país de origen, junto a sus compañeros, también muy jóvenes”.

Un caso reciente atendido por el CAMI fue el de Zilda, una boliviana de 22 años que sintió en su piel todo el sufrimiento de una estructura social corrompida por la ganancia y con una enorme deuda social con las mujeres. “Llegamos de Bolivia, yo, mi marido y tres hijos. El dueño del taller nos trajo hasta aquí. Al comienzo vivíamos en una favela próxima al Wal Mart... Pero después de un tiempo nos llevaron a un taller de confección que queda escondido. Quedamos encerrados, sólo ahora el dueño abrió la puerta para salir yo y escapar. Permanecimos allí unos ocho meses. Trabajábamos el día entero y la noche adentro. Recibíamos unos cincuenta reales al mes y nada más. Por la mañana comíamos pan.

Uno para mi marido, uno para mí y cortaba otro pan en tres pedazos para repartir a los niños. Mientras estábamos cosiendo mis hijos se quedaban encerrados en el cuarto o incluso amarrados para que no pongan las manos en la máquina y no estorben el rendimiento del trabajo. El patrón se ponía bravo cuando los niños molestaban. Él también tenía hijos, ellos les pellizcaban a los míos y nadie decía nada. Un domingo encontré a mi marido en la cama con la sobrina del dueño del taller. Después de que vi todo, él me atacó, me arrastró por el cabello y yo grité pidiendo socorro pero no obtuve ayuda. Mi marido me echó a la calle, dijo que yo soy mujer con hijos y todavía embarazada, y que nadie me va a dar empleo.

Hablé con el dueño y él me dio la llave para salir de aquella cárcel. Me quedé “en la calle con los niños”. Pasó una señora brasileña que me dio diez reales para comprar comida. Unos bolivianos que vieron mi situación me llevaron a su casa y me facilitaron un lugar para pasar la noche. Pasé una noche y salí sin comer nada, sin ropa. No tenía adonde pedir ayuda. Unos bolivianos me llevaron al Centro de Apoyo al Migrante donde me dieron agua, comida, pude tomar un baño. Después me encaminaron a un hospedaje (AVIM – Casa del Migrante). Ahora quiero volver a Bolivia”.

Paulo Illes, coordinador del CAMI informó que la abogada del Centro se encargó del caso. El marido y el dueño del taller fueron notificados y deben ayudar con la pensión y el pasaje para que Zilda retorne Bolivia. Ella no tiene a ningún familiar en São Paulo. Recuerda que la situación y la apariencia con que ella llegó hasta el Centro de Apoyo al Migrante eran espantosas. El niño estaba desde hace más de dos días con el mismo pañal y sin bañarse. La situación era subhumana e indescriptible. Embarazada de cuatro meses aún no había iniciado la consulta prenatal.

Illes recuerda que la práctica de dejar a los niños amarrados es muy común en los talleres de trabajo esclavo. En los talleres más grandes los niños permanecen encerrados en un cuarto por varias horas, sin ningún contacto con los padres. En los talleres pequeños, las madres acostumbran a dejar a los niños amarrados a la pata de la silla para no se acerquen a las máquinas.

El resultado de esta barbarie se percibe en el contacto con los niños. Cuando dejan el taller, ellos no se mueven, no juguetean, no hablan, se quedan quietitos cerca de su madre. Una violencia indescriptible para una madre.

Estos son algunos de los miles de casos que acontecen cotidianamente en la vida de estas mujeres. Hay otros testimonios como el de una joven que vio como su amigo era torturado y muerto por un coreano en la máquina de coser porque no cumplió la cuota establecida. Se presentó la denuncia y la policía nada hizo. Otra mujer vio a sus hijos morir por la tuberculosis sin poder llevarlos al hospital. Y en el caso de la pequeña Jacqueline que está con cáncer, el padre abandonó a su madre por qué la enfermedad le estaba generando muchos gastos.

Necesidad de políticas públicas

Viendo las condiciones de vida de estas mujeres inmigrantes, constatamos un enorme vacío al nivel de políticas públicas para atender a este sector. Uno de los desafíos propuestos para nuestras redes de acción es el de fomentar acciones y de pautar en todas las áreas del servicio público municipal, provincial y federal la cuestión de la mujer inmigrante, sobre todo en lo que respecta al acceso a servicios básicos en las áreas de salud, educación y generación de renta.

En pleno siglo XXI no podemos renunciar a valores universales fundamentales como la libertad. Para hombres y mujeres deben estar garantizado el derecho de vivir su vida y de criar a sus hijos con dignidad, libres del hambre y libres del miedo de la violencia, de la opresión y de la injusticia. La igualdad de derechos y de oportunidades entre hombres y mujeres debe ser garantizada. Necesitamos conquistar la protección plena y la promoción de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de todas las personas, en todos los países, con respecto a los derechos humanos, sobre todo los derechos de las minorías.

En marco del III Foro Social Mundial de las Migraciones, llamamos a todas las redes y movimientos a luchar contra todas las formas de violencia contra la mujer, en particular, luchar por la expedición de medidas que garanticen el respeto y la protección de los derechos humanos de los migrantes para acabar con los actos de racismo y xenofobia, cada vez más frecuentes en muchas sociedades, y para promover una mayor armonía y tolerancia en todas las sociedades y entre todos los géneros. La lucha por la Ciudadanía Universal apunta en esta dirección.

Luciane Udovic forma parte de la coordinación continental del Grito de los/ as Excluidos/as y del Programa Justicia


Articulo extraido de "Migración: tiempos de intolerancia"


2008-09


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