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Carmen Salazar-Soler. A la conjura del Muqui

Por Miguel Ángel Cárdenas

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Carmen Salazar-Soler no se dejó socavar... Había habido toda una operación psicosocial mágico-religiosa para disuadirla, para alarmarla, para quebrarla. Pero ella, con la respiración enterrada, no retrocedió. Aunque quedaba un escollo final... Trasponiendo la entrada a la mina de Julcani, en Huancavelica, tenía frente a sí un rito obscenamente masculino. Se acababa de encontrar una veta y una decena de hombres, picchando coca, se habían dividido en dos bandos. "Y comenzaron a insultarse mencionando las partes íntimas de la mujer y al acto sexual en quechua, con groserías. Yo me dije: esto ya es demasiado para mí, es la peor táctica para desanimarme, casi tiro la toalla". De pronto, dos de cada grupo comenzaron a abrazarse bruscamente y a revolcarse en el suelo como dos guerreros griegos disolutos.

No obstante, luego se pusieron de pie, sonrieron e ingresaron a la mina como si no hubiese ocurrido nada. "Quise preguntarle a uno de los mineros qué había pasado y me dijo: Aquí no. Es que hay muchas cosas que no se debe hablar adentro. Cuando salimos me dijeron que había parido la mina, entonces tenían que excitarla para que siga botando. Y para estimular a la pachamama se la insulta, como cuando en un acto de amor tú provocas a la mujer con ese juego. Los abrazos y revolcones eran un simulacro del acto sexual para excitarla".

Y como una instigadora de instintos brutales, Carmen caminó a oscuras para conocer el reino del Supay Muqui.

LA PIEL SUBTERRÁNEA

Pero ni aun con toda la adrenalina negra encima, la muchacha que todavía no terminaba de estudiar Antropología en la Universidad Católica se arrepentía de haberse rebelado contra la moda académica de principios de los 80: que estudiaba las luchas sociales de los campesinos y solo encaraba el tema minero desde el punto de vista ideológico. Carmen quería internarse en los subsuelos mentales mineros desde otro punto de vista que desvista lo íntimo, cotidiano, cultural, de creencias y descreencias.

Ya la limeña de San Isidro había sentido un socavón en el corazón cuando leyó la novela "Germinal" de Emile Zolá, sobre el submundo de las minas francesas y, "con esa inocencia que tiene uno cuando es joven, quise hacer una gran gesta con la historia de los mineros, como hizo el clásico E.P Thompson con la clase trabajadora inglesa".

Sin embargo, ya los libros eran solo cobre. Ahora Carmen estaba ingresando a una cueva de mediana minería, con un permiso que le había costado lágrimas de oro. Y sentía un miedo patriarcal que le blasfemaba las caderas. En 1979, cuando tenía 20 años y llegó por primera vez a Julcani, ya la habían hecho callar para que escuchara la risa lasciva del Muqui, la divinidad de las minas; una tarde en que nevó sobre los cerros pelados y áridos de Angaraes, a más de 4 mil metros de altura.

"Yo entrevistaba a los mineros, sobre todo al perforista que es el emblema, pero sentía que no los entendería si no bajaba". Pasaron dos años y Carmen retornó a Huancavelica. Un lunes —día de la luna— le dieron permiso para que ingresara un viernes —día de Venus— al útero de la mina. Las alusiones femeninas se fueron haciendo perentorias e intimidantes en esos cinco días. "Todos se me acercaban para contarme las desgracias que habían sucedido cuando entraba una mujer, me desataron una guerra psicológica. El jueves sentí una gran angustia, si por mi culpa pasaba algo...". Que la única ingeniera de minas que pasó provocó un derrumbe con muertes, que otra provocó que se cortara una veta de raíz —que en su lenguaje era "que dejara de parir"—, que solo podía llegar al nivel intermedio porque si no... "La mina es hembra, es pachamama, se pone celosa de otra mujer", le dijo un minero tembloroso. Era abiertamente contra natura. La mina es concebida como el cuerpo de una mujer concupiscente. "Por eso, hasta me preguntaban si tenía la regla, porque estaba prohibido que una mujer fértil bajara a competir con la pachamama. Todo funcionaba con un lenguaje de obstetricia, ginecológico".

Y de amor animal. Todos los testimonios que recogió Carmen eran de mineros enamorados de la mina como de una hembra que los seduce y martiriza a la vez. Sin embargo, aquí sería el Muqui el peor macho en celo... y en celos.

ENTENDIENDO LA DIVINIDAD

Con los ojos embadurnados en polvo rasposo, con las fosas nasales engrasadas en óxido, su sensación de indefensión se acrecentó cuando alguien le advirtió: "¡No camines por ahí que puedes pisar el pene del Muqui, que lo ha dejado suelto!... puedes ocasionar una catástrofe". Y unos metros más allá: "¡No pises ese charco que son los ojos del Muqui!". (Y es que este suele ser representado como un renacuajo lujurioso que se desplaza por las ciénagas y pozos).

"Todo era sin pudor, nunca había escuchado un lenguaje tan erótico en un sitio de la sierra, era una mezcla de miedo, de angustia, yo me preguntaba qué hago en un mundo tan agresivo". Pero después de esta experiencia y de muchas otras por las minas de Cerro de Pasco y de Potosí, en Bolivia, donde se internó en socavones artesanales, Carmen Salazar-Soler se ha convertido en la mayor experta en el cerril Muqui.

Este es una especie de duende, con similitudes inverosímiles con los elementales europeos, "unido a la fuerza telúrica andina de ser hambriento por vidas humanas". Aunque también es un justiciero, símbolo de la ética del trabajador de bondadoso o ladino corazón: "Todas las enfermedades que causa las ocasiona porque alguna persona encontró el mineral, no lo compartió y se enriqueció solo. Las reglas del comportamiento como grupo social de los mineros están dadas a través de este personaje". Un capataz abusador, un ingeniero injusto, son las principales víctimas de su igualitaria furia.

El Muqui es descrito con dos cuernos de fauno, ojos rojos y un falo desmesurado; vestido de oro. Una mezcla de sátiro griego con diablo cristiano: "Porque no es creador de riqueza, sino es el guardián, el que te la da y la desplaza de un lugar a otro, el que te tienta". Con un líbido de mulo: "Tiene un apetito sexual enorme. Siempre dicen que las mujeres no deben entrar porque las viola. Además el alcohol que toman los mineros se considera su orina o su esperma. Recuerdo que, en una mina de Bolivia, llenaban su estatua de arcilla con alcohol por la boca. Y ellos sujetaban la escultura del pene y tomaban por ahí. Era una imagen de la transferencia de fuerzas del mundo subterráneo que está encargado por él".

Carmen aprendió también que el uso del alcohol no era un vano vicio. Sino un rito que decodificar. Una vez, en Julcani comenzó la fiesta del Señor de los Milagros, el patrón de la mina. Un grupo de mineros fue a buscarla, luego de que comprobaran que ilógicamente ella había sido aprobada por el Muqui. "Y me dijeron: queremos celebrar contigo. Fui a lo que ellos llaman garajes, donde guardaban las maquinarias, y vi una inmensa cola de mineros esperándome con un montón de cajas de cervezas y cañazo. Según el rito, debía tomar con ellos hasta caer. No voy a contar cómo terminó eso".

Pero, como nunca antes, todos le hablaron de su vida en el campo, ese proceso y esa transición social que le interesaba de campesinos a mineros. Todos la invitaron a sus comunidades los fines de semana, pudo luego hacer amistades con sus esposas, con el sindicato. "Fue la primera vez que cantaron en quechua para mí. Era un rito de pasaje, la primera borrachera ritual con que ellos confirman a un minero joven. Se supone que allí sueñas o tienes una alucinación con el Muqui". Carmen no recuerda si lo vio en su inenarrable sueño de hierro.

Y comprendió que el Muqui también era un separador de mundos y prejuicios. "Un minero me contó que un ingeniero bajó a una veta que recién habían encontrado y se molestó porque encontró heces humanas. Y preguntó a gritos quién había sido. Él orgullosamente dijo que fue él. Y lo insultó, lo llamó indio y casi lo bota; cuando lo que había hecho era la ofrenda máxima, porque el Muqui se come las heces y las transforma en oro".

Los pactos que se hacen con el Muqui suelen tener toda la carga del pacto con el diablo. Y en todas las minas subyacen leyendas de sacrificios humanos o de castigos de ’muquihuayra’ (un viento nocivo y gangrenoso) y ’cutincha’ (somnolencia brutal que convierte en zombi).

Carmen estuvo presente en las soterradas ofrendas y pagos de coca, cigarros y alcohol al Muqui, en agosto, el mes de los diablos y la pachamama; y en febrero en carnavales. "Una vez vi el sacrificio de una llama, le arrancaron el corazón, asperjaron la mina con su sangre y la enterraron en el lugar".

Y también comprobó el sincretismo con la contraparte femenina del Muqui en campo abierto: la Juana Tintaya, una analogía andina de las ’damas blancas’ europeas, con halo de virgen, que enamoran y se comen a los hombres. También con las tenebrosas historias de los mineros muertos en pena. Y el culto católico popular a los taytas —santos— y vírgenes.

El tema ha marcado con fuego votivo a Carmen, que se fue a Francia a seguir un doctorado y a visitar sus minas. Y vivió un año en Bolivia, entre los archivos y las minas de Potosí y Sucre. Ahora camina por la sierra de Lima, vinculándose con las minas de oro de Canta, siguiendo al dios de los socavones. Carmen dice que nunca lo ha visto, pero su influencia mágica la persigue hasta en su trabajo académico: ahora estudia la historia de la alquimia. El Muqui la proteja.

Fuente: El Comercio



2006-11


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Temas :
Indígenas
Países :
Bolivia

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