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[Por Marisa Soleto ]

Mi familia

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En el Museo de Pesas y Medidas de París hay dos vitrinas, que yo siempre imagino una al lado de la otra. En una, hay una barra hecha con una aleación de platino e iridio que tiene dos finas marcas, entre las cuales hay, exactamente, un metro. En otra, un cilindro, también de platino e iridio, cuya masa es, exactamente, un kilogramo.

Son estas cosas de nuestra EGB, que no sabes por qué te quedan marcadas a fuego en la memoria y que recurrentemente se te cruzan en la cabeza. Cosas completamente inútiles porque díganme ustedes, para que quiero saber yo que esa barra y ese cilindro son un metro y un kilo, si no puedo utilizarlas ni para medir ni para pesar.

No obstante, recuerdo y me asalta esta imagen cada vez que oigo hablar de La Mujer. Son muchas las veces que, en conversaciones informales, he dicho esto de que, hay algunas personas que cuando hablan de La Mujer, en realidad se están refiriendo a un prototipo humano que se encuentre preservado en una urna, que yo me imagino al lado de la del metro y el kilogramo, en el Museo de Pesas y Medidas de París.

El conocimiento no ocupa lugar, pero nos juega este tipo de malas pasadas oníricas.

Después de asistir el otro día a unas jornadas sobre igualdad de oportunidades en las empresas, en las que se habló prácticamente de forma exclusiva de la necesidad de apoyar a la familia para que sus miembros puedan compatibilizar familia y trabajo, la neurona donde guardo la rima del platino y el iridio volvió a activarse. Y sin querer, he añadido una nueva urna a mi colección particular: La Familia.

Y es que, en ocasiones, escucho hablar de La Familia, como si fuese un prototipo de convivencia humana cuyo modelo inmutable hay que preservar, en tanto institución básica del Estado. Me pasa lo mismo que cuando escucho lo de La Mujer. Porque digo yo que siendo una mujer y teniendo una familia, debería sentirme cuando menos un tanto representada en estos dos prototipos, pero no es así. Me pregunto a cuanta gente, por una u otra causa, le pasa lo mismo. Y es que, en este caso, lo cuantitativo es muy importante, a ver si vamos a estar preservando un modelo que no sólo no podemos utilizar directamente para medir, sino que ni siquiera es válido como patrón de comparación de la mayoría. ¿Se imagina ustedes que la susodicha barra parisina fuese en realidad más corta de lo que creemos? Menudo chasco y menudo lío.

Ya hay una amplia literatura feminista sobre el hecho de que no existe la mujer sino las mujeres y también sobre que no existe la familia sino familias. No obstante, hay mucha gente, e incluso en ocasiones, algunas políticas públicas, que siguen insistiendo en el valor institucional de esta unidad de convivencia afectiva, sin mayores consideraciones sobre los miembros que la componen.

Y entonces pienso. Yo tengo una familia, soy parte de ella. Las personas que la formamos tenemos dos cosas: un acuerdo democrático y libre de convivencia y unos lazos afectivos basados en la voluntad de cada uno de los miembros. En mi familia hay menores, pero entre todas las personas adultas que la formamos, hemos llegado al acuerdo de asumir equilibradamente las responsabilidades que la Ley nos atribuye hasta el momento de su completa madurez, desde el más estricto respeto a sus derechos y opiniones, considerados en el marco de su edad y del resto de los derechos y obligaciones de ciudadanía que cada miembro tiene reconocidos y asignadas.

¿Qué quiero yo para mi familia? Que cada una de las personas que la forman sea feliz, pero no sólo por la relación mutua que mantenemos (el mundo es mucho más grande que mi casa), sino porque cada una de nosotras pueda hacer un uso efectivo de sus derechos plenos de ciudadanía, incluso si es dependiente.

Esto es lo que quiero como apoyo de los poderes públicos y de la sociedad, que a cada una de las personas que vivimos en mi casa, no nos generen conflictos innecesarios y que nos ayuden eficazmente a resolver los que tengamos, que para lo demás, el cariño, el calorcito y la solidaridad intrafamiliar ya nos vamos organizando, mientras todos los miembros queramos.

Por eso prefiero las iniciativas y los planteamientos que ven a las personas, cada una con su realidad, su contexto y sus problemas, cada una de ellas sujetos de obligaciones y derechos, y no a instituciones o prototipos humanos inexistentes. Por eso prefiero que se apoye el ejercicio de los derechos de las personas y no a una institución básica del Estado, para que dentro de ésta a quien dios se la dé san pedro se la bendiga.

No se preocupen tanto por las obligaciones y derechos de las familias, al menos de la mía, que si no me lo ponen muy difícil yo, y las personas que viven conmigo, cumpliremos puntualmente con nuestras obligaciones, como personas responsables que somos. Preocúpense de cada una de nosotras. Probablemente es puro egoísmo; esta visión responde a mi sistema de valores. Pero también responde a mi incapacidad de encontrar acomodo en la versión del prototipo familiar de la urna.

Definitivamente, le pasa algo a mi neurona en la que guardo, celosamente, el metro y el kilo. Tendré que hacer terapia.


Fuente: Blog de Marisa Soleto


2007-06


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