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Obituario: en recuerdo de Helga Diekhoff Soto. La hija alemana de España

Por Norman Birnbaum

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Helga Soto presenta el programa del PSOE en 1986

Cuando Helga Diekhoff llegó a España en 1961 a aprender el idioma, tenía 21 años y su intención era ejercer una profesión entonces abierta a las mujeres en la patriarcal Alemania: la de secretaria. Lo que le llamó la atención, recordaba, era el contraste entre la rigidez y la represión de los sentimientos en la Alemania de Adenauer y la libertad emotiva de los españoles. El contraste le pareció especialmente sorpresivo porque la República Federal de Alemania era una democracia parlamentaria y Franco, el ejército, la Iglesia, el capital y sus siervos aún dominaban España. Helga había nacido en Kiel en 1940 y tenía vivos recuerdos de las dislocaciones materiales y morales producidas por la guerra, la derrota, la ocupación y la reconstrucción política en Alemania. Era demócrata por instinto, con un apremiante sentido interior de la justicia y una inquebrantable convicción de que cada persona tiene derecho a la dignidad y al respeto. Eso era lo que la atraía de España. Encontraba en su arcaísmo algo preciado, obviado por quienes sólo veían la superficie de la vida social: la profunda percepción española de la condición humana que todos compartimos. Para Helga, era visible en los más mínimos toques de la vida, en el modo en que los camareros se mostraban amables pero no serviles. (Me recuerda instantáneamente a un contraste Habsburgo, la acritud congénita de los camareros vieneses).

Helga, visitas aparte, no volvió a Alemania. Sin embargo, en su notable carrera pública en España se mantuvo unida a los alemanes de su generación. Cuestionaban la superficialidad de la conversión de sus padres nazis a la democracia, las excusas claramente cínicas que daban para su pasado, y el anticomunismo obsesivo y ritualizado que era el sustituto pobre de su política. Helga se unió también a los españoles de su generación que, a medida que avanzaban los años sesenta y setenta, se convencieron de que sólo una España democrática podía formar parte de una nueva Europa. El apoyo prestado por los socialdemócratas alemanes al PSOE antes y después de su legalización fue una compensación tardía por las anteriores aventuras españolas de la Legión Cóndor, y por la conspicua renuencia de los Gobiernos de Adenauer a ver el régimen de Franco como algo distinto a una variante de la política cristiana.

Como primera jefa de prensa de Felipe González, Helga apreció sobre todo los contactos con Willy Brandt y los socialdemócratas. En la pared de su estudio colgaba una fotografía suya haciendo de intérprete para Willy Brandt en una rueda de prensa improvisada en Madrid, con un joven González de espectador. En los primeros años de transición a la democracia, y en especial durante las elecciones de 1982, fue una figura habitual en la prensa escrita y la televisión de Alemania. Seguía de cerca los acontecimientos de su país y era una ávida lectora de sus ensayistas y novelistas. Trabajando con Morán en el Ministerio de Asuntos Exteriores, le sorprendió gratamente que la llamaran para hablar con un visitante inesperado. Era su maestro de Brake, un pueblo alemán cercano a Bremen, a quien recordaba porque había introducido a sus alumnos en la democracia pidiéndoles que eligieran un Parlamento para la clase.

Su labor en el Ministerio de Asuntos Exteriores y con González, Solchaga y Almunia en el Congreso de los Diputados y en el partido le puso en contacto continuo con el mundo más allá de las fronteras españolas. Pasó algunos años en Washington como asesora de prensa de la Embajada de España, en un periodo de tirantez durante las negociaciones para la evacuación de la base aérea de Torrejón por parte de EE UU. También fue el periodo de los Juegos Olímpicos de Barcelona y el quinto centenario de 1492, con sus consecuencias excesivamente contradictorias. Helga daba muestras de tener una perfecta sangre fría cuando trataba con los ciudadanos y funcionarios estadounidenses, que no siempre poseían conocimientos acerca de España ni una comprensión profunda de la complejidad. Puso un interés considerable en la confusa izquierda estadounidense de los años de Bush padre, e identificó con bastante prontitud los valores de Bill Clinton como candidato. "Es una luchadora", dijo éste.

Ya fuese en lo que entonces constituía el ambiente algo patricio de los republicanos o en el conjunto más colorido y mixto de los demócratas, Helga mostraba una peculiar mezcla de amabilidad y reserva que llevó a los estadounidenses a decir que era una persona con "clase", que más o menos se traduciría por una persona distinguida en la que se podía confiar. Le gustaba sobre todo la espléndida costa atlántica de Wellfleet, en Cabo Cod (un lugar de veraneo predilecto de artistas, intelectuales y escritores), aunque expresaba un educado pero firme escepticismo sobre la extraña preferencia que mostraban los intelectuales estadounidenses por discutir entre sí cuando estaban en la playa en lugar de disfrutar del agua.

No fue sólo en EE UU donde su serenidad y su jovial desapego le hicieron buen servicio. Un día, mientras hablaba con algunos de los máximos líderes del antiguo Partido Comunista italiano en Roma, no permitió que su rudimentario manejo del italiano interfiriese en una formidable presentación de la situación en España. Habló en español, confiando en que ellos comprenderían lo suficiente de su discurso como para captar el mensaje.

Por importante que fuera todo esto, se subordinaba a su pasión inagotable. Cuando viajaba por España, siempre había ciudadanos, miembros del PSOE o no, que la reconocían en bares y restaurantes. Algunas veces la sumían en debates políticos. Cuando terminaban, sus interlocutores tenían la impresión de que ellos también habían sido escuchados, de que contaban. Le encantaba España, su paisaje y su gastronomía, su historia y sus costumbres. Amaba a sus gentes, pensaba en su país de adopción como una familia más amplia, y estaba feliz y orgullosa de haber ayudado a moldear su destino moderno. Con ella, España pierde a una hija adoptiva, una verdaderamente fiel.

P.-S.

Norman Birnbaum es profesor emérito en la Facultad de Derecho de Georgetown y autor, entre otros libros, de Después del progreso. Traducción de News Clips



2007-04


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