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La confluencia entre nacionalismo, género y feminismo: ¿un análisis relevante para los conflictos y la construcción de paz?

Por Ana Villellas y María Villellas

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En gran parte de los conflictos armados de la actualidad la dimensión identitaria tiene una enorme importancia. Así, detrás del inicio de la violencia pueden encontrarse los sentimientos de agravio de determinadas comunidades que han sido marginadas históricamente y que hallan en una identidad común el eje que estructura una lucha colectiva de demanda de un mayor reconocimiento en términos de derechos y de capacidad de gestión del propio colectivo. También existen determinados contextos en los que este sentimiento común lleva a la demanda de creación de Estados independientes en los que la plena gestión de los asuntos económicos, sociales y políticos corresponda a los representantes y líderes de dicho colectivo.

En los conflictos armados que transcurrieron en el año 2006, podemos encontrar este componente identitario (entendido de una manera amplia: identidades étnicas, religiosas, nacionales o entremezcladas) en contextos como Burundi, Chad, Côte d’Ivoire, RD Congo, Darfur (Sudán), Filipinas, India, Indonesia, Sri Lanka, Tailandia, Israel o Palestina. Esto supone que en cerca de dos terceras partes de los conflictos armados actuales esta dimensión cobra una relevancia destacada. Pero, ¿en qué lugar quedan las mujeres en este tipo de conflictos armados? ¿Se ocupan las ideologías nacionalistas de las cuestiones de género? ¿Es relevante el análisis de género en estos conflictos armados?

Feminismo y nacionalismo, una relación compleja

La relación entre feminismo y nacionalismo es compleja. Ambas son corrientes dinámicas, plurales, con variantes internas, lo que implica evitar generalizaciones. No obstante, pese a las dificultades de análisis que esa pluralidad plantea, analizar la relación entre feminismo y nacionalismo y, específicamente, las aportaciones que desde el feminismo se han planteado al(a los) discurso(s) nacionalista(s), resulta extremadamente interesante en un contexto internacional marcado por conflictos que en proporción elevada incluyen reclamaciones de corte nacionalista bien a través de la demanda de independencia o de regímenes de autonomía.

Tradicionalmente la visión de género -y con ella, el análisis de las relaciones de poder y posibles diferencias en cuanto a la definición, participación y efectos de proyectos nacionalistas en grupos de hombres y mujeres- ha estado ausente de la teorización e historización del nacionalismo, separando género y nación al considerar el género como irrelevante para las dinámicas políticas del nacionalismo. No obstante, con la premisa de que la ausencia de la perspectiva de género en las aproximaciones al nacionalismo limita en gran medida la comprensión de los complejos procesos políticos y simbólicos implicados en la articulación de los proyectos nacionales, [1] el feminismo se ha lanzado desde hace ahora cerca de dos décadas a repensar el nacionalismo, introduciendo nuevas categorías de análisis, cuestionando narrativas e implicándose en la creación de espacios incluyentes.

Las naciones y los proyectos nacionales -como los Estados y todo tipo de organización social o política- son regímenes de género, es decir, espacios o proyectos configurados sobre una determinada estructuración de las relaciones de género, entre otros ejes. [2] Al introducir la categoría analítica de género en el estudio del nacionalismo, y con ella visualizar las relaciones de poder en la dimensión de género que circulan en todo grupo social, el feminismo plantea una cuestión simple pero fundamental: la configuración de las “comunidades imaginadas” [3] que son -o como se ha descrito a- las naciones no puede desligarse de la circulación de poder entre los sujetos de esas comunidades. Así, diversos trabajos sobre feminismo y nacionalismo realizados hasta ahora han analizado las formas en que la nación o proyectos nacionales han sido frecuentemente construidos y legitimados sobre narrativas que reproducen y perpetúan relaciones de poder y de dominación sobre las mujeres. [4]

A menudo configuradas en términos de una gran familia, identidades y comunidades nacionales han tendido con relativa frecuencia a proyectar retóricas y roles apoyados y construidos desde identidades de género naturalizadas. Así, con frecuencia las mujeres desempeñan funciones de representación simbólica de la nación (“madre patria”) y roles como reproductoras biológicas de la nación, reproductoras de las fronteras de grupos étnicos o nacionales, transmisoras de la cultura y agentes de la reproducción ideológica, significadoras de las diferencias nacionales, y participantes de luchas nacionales, económicas y militares. [5]Son roles construidos, con implicaciones evidentes y reales en la forma en que los procesos y los conflictos en torno a la identidad nacional afectan a los diversos grupos de hombres y mujeres.

Así, el concepto de honor en torno a la mujer y el control de su sexualidad por la comunidad han desarrollado la función de reproducción de las fronteras de los grupos, de forma que sus cuerpos se convierten en instrumentales para delimitar la comunidad nacional. Como consecuencia, en contextos de conflicto con manifestaciones nacionalistas, la violación y en general la violencia sexual se convierten en prácticas dirigidas no sólo a destruir o dañar a la mujer individual sino también al sentido de pureza étnica de una comunidad dada construido en torno a la noción del honor de la mujer, [6] a lo que se añade el proceso de doble victimización que experimentan la mujeres ante la estigmatización ejercida por su propia comunidad contra ellas una vez que han sido violentadas. Precisamente, la apropiación violenta del cuerpo de la mujer (violaciones, embarazos forzados, etc.), siguiendo a imaginarios nacionalistas apoyados en relaciones de poder entre los géneros ha sido de tal magnitud en contextos de conflicto armado como Bosnia y Herzegovina o Rwanda, que la violación pasó a codificarse internacionalmente como crimen de guerra. [7] El control poblacional que subordina los derechos reproductivos de la mujer o el sometimiento de las diversas aspiraciones de las mujeres a los supuestos intereses de la colectividad son otras de las manifestaciones del control sobre la autonomía de la mujer en nombre de determinadas construcciones nacionales jerarquizadores y excluyentes.

Por otra parte, el rol identificado en diversos estudios de género sobre la reproducción ideológica de los mitos y leyendas de una comunidad dada alude a la extrapolación de la figura de la madre como transmisora de la memoria colectiva a la infancia, convirtiendo la figura y el mito de la madre en un elemento de propaganda nacionalista, que consagra cuestiones como el sacrificio, la heroicidad bélica o el orgullo de la madre ante el hijo mártir, dictaminando así los roles apropiados de los miembros de la comunidad nacional.

Asimismo, a las mujeres como significadoras de la diferencia nacional se les atribuye una función simbólica en un plano cuasi espiritual, materializada en su reproducción de símbolos (vestidos, ornamentos) y rituales que dan visibilidad a esa identidad nacional. En este contexto, de nuevo actos como la violación o la mutilación de la mujer en conflictos étnicos o con manifestaciones étnicas persiguen la profanación de esa esfera de identidad. Como señala R. Coomaraswamy, no ha sido inusual, por tanto, que después de violar a una mujer el hombre tatúe sus pechos o genitales con la marca o símbolo de la otra comunidad. [8]

De esta forma, siguiendo las aportaciones feministas sobre los nacionalismos, se deriva que una parte no anecdótica de éstos ha implicado -no per se, sino por la forma en que se han articulado- la reproducción, instrumentalización, legitimación o promoción de relaciones jerárquicas y de dominación, articuladas en torno a imaginarios construidos desde identidades de masculinismo hegemónico. En ese sentido, no sólo las mujeres se han visto constreñidas en proyectos nacionales que perpetuaban su subordinación, sino que también los hombres han visto reducidas sus expresiones de una masculinidad diferente a la hegemónica, como en el caso de la guerra de los Balcanes. [9]

No obstante, como se apuntaba al principio, feminismo y nacionalismo son fenómenos plurales y dinámicos, como también lo son las identidades y los roles construidos desde la dimensión de género, eje que a su vez interacciona en diversos grados de intensidad con otras fuentes de identidad, como son la clase o la etnia. Ejemplos de esta pluralidad son las clasificaciones que diferencian entre el nacionalismo cultural y el nacionalismo cívico, el primero articulado sobre tradiciones comunes culturales, con una herencia cultural común y frecuentemente mirando hacia un pasado común a menudo idealizado; y el segundo asociado a un territorio compartido y dependiente de la dotación de derechos políticos dentro de esa unidad territorial. A su vez, otras clasificaciones han intentando superar esa dicotomía étnico/cívica. [10]

Pero sin necesidad de entrar en detalle en los diversos modelos de nacionalismo o en las diferentes expresiones que éste ha adoptado a lo largo de la historia, lo interesante en relación a sus interacciones con el feminismo reside en destacar el reconocimiento de que las mujeres, feministas o no, han interactuado con los proyectos nacionales de forma muy diversa, desde la participación activa hasta la resistencia o su superación, y a su vez, los proyectos nacionales han tratado o abordado las aspiraciones de los diversos grupos de mujeres de sus comunidades desde posiciones diversas, progresivas e inclusivas en algunos casos y regresivas y excluyentes en otros.

La pluralidad, un puente para el diálogo

La imposibilidad de generalizar u ofrecer “sentencias” sobre la relación entre feminismo y nacionalismo es sumamente positiva, puesto que implica dinamismo y pluralidad en las maneras de concebir y materializar proyectos nacionales y de relacionarse también con otras naciones en el marco de las relaciones internacionales. No obstante, en tanto que naciones y proyectos nacionales se articulan sobre y desde regímenes de género, el riesgo de que los nacionalismos reproduzcan o refuercen las relaciones de poder internas es elevado si se interioriza y naturaliza acríticamente que la nación es una comunidad unitaria, cohesionada y homogénea y definida necesariamente en contraposición a “los otros”. Frente a esa asociación regresiva, las mujeres feministas han optado en algunos casos por defender proyectos nacionales plurales, inclusivos y liberadores y en otros casos por prescindir de la nación como fuente de identidad y preferir en cambio lazos de unión que trascienden las comunidades nacionales. No es casualidad que unas y otras construyan en ocasiones alianzas que superan fronteras étnicas, comunitarias o nacionales ya que la experiencia compartida de marginalización, exclusión o discriminación histórica se convierte en espacio común desde el que repensar roles e identidades y crear espacios inclusivos.

Precisamente, el establecimiento de alianzas entre mujeres pertenecientes a comunidades enfrentadas es una de las contribuciones que las mujeres de sociedades fuertemente polarizadas han hecho a la construcción de la paz. En estas sociedades, algunas mujeres han sido capaces de tender puentes de diálogo y de empatía más allá de los motivos que llevaron a la confrontación armada y de los profundos ejes de odio y polarización, buscando puntos y posiciones comunes de partida desde las que iniciar un acercamiento y buscar nuevas formas de convivencia. Es especialmente relevante que, en sociedades en las que la construcción de identidades excluyentes y el manejo que de éstas se ha hecho desde determinados grupos de poder haya llevado al estallido de conflictos, existan iniciativas que evidencian la posibilidad de diálogo y convivencia.

Es bien sabido que los conflictos armados contemporáneos tienen un impacto desmesurado en la vida de las mujeres, y que estrategias como la utilización de la violencia sexual como arma de guerra las sitúan como objetivo prioritario. Por tanto, resulta comprensible que quienes han sufrido de manera similar la virulencia de la violencia, independientemente de en qué lado se encuentren, sean capaces de identificarse más fácilmente con el sufrimiento de las otras víctimas más allá de divisiones sociales, étnicas, políticas o religiosas. La frecuente invisibilidad política de muchos movimientos de mujeres, paradójicamente, ha sido en ocasiones de gran utilidad, puesto que les ha permitido acercamientos que no hubieran sido tan fáciles entre sus compañeros varones.

¿Qué ejemplos concretos existen de estas alianzas? Las mujeres israelíes y palestinas colaboran desde la década de los ochenta, cuando algunas israelíes iniciaron protestas públicas para denunciar la ocupación de los territorios palestinos por su propio Gobierno. A estas protestas se sumaron palestinas que vivían en Israel. En Irlanda del Norte, mujeres católicas y protestantes se unieron para crear un partido político, Northern Ireland Women’s Coalition, que les permitiera participar en las negociaciones de paz. Mientras duraron las negociaciones, la Coalición trató de asegurar que siempre hubiera al mismo tiempo mujeres republicanas y unionistas en la mesa y se promovió que el proceso fuera lo más inclusivo posible. Como han señalado algunas autoras, [11] la utilización de la inclusión como principio permitió establecer una agenda en el proceso de paz que fuera al mismo tiempo relevante para las mujeres norirlandesas y para el proceso de paz. Además, de la existencia de la Northern Ireland Women’s Coalition se derivó el hecho de que la participación de las mujeres en el proceso de paz adquiriera un reconocimiento por parte de otros grupos políticos. En Sri Lanka, las mujeres tamiles y cingalesas que participaron en el subcomité de género establecido durante las negociaciones de paz fueron capaces de elaborar una agenda común sobre la que discutir, estableciendo sus propias prioridades y con un mismo punto de partida, el reconocimiento de los efectos devastadores que el conflicto armado había tenido sobre las vidas de las mujeres. En Chipre, mujeres de las comunidades enfrentadas greco y turcochipriota crearon la organización Hands Across the Divide, organización que definen como unitaria y en la que se integran mujeres independientemente de su identidad étnica o nacional o de su ubicación geográfica, pero en la que se tienen en cuenta las desigualdades y las diferencias que existen entre las mujeres de las dos comunidades. [12]

Un punto común de estas diferentes iniciativas es que en la mayoría de ellas se han integrado mujeres pertenecientes al movimiento feminista, es decir, reivindicando la participación de las mujeres y visibilizando su exclusión, pero, lo que es más importante, reclamando también la transformación de las relaciones de desigualdad y discriminación existentes hasta ese momento y la búsqueda de nuevas formas de organización social incluyentes y no patriarcales.

Ahotsak: voces de mujeres por la paz y el diálogo en Euskadi

El año 2006 fue un año especialmente intenso y complejo en relación al conflicto en Euskadi, con la declaración de una tregua por parte de ETA, el inicio de un proceso de diálogo y su ruptura al final del año tras un atentado por parte de ETA que causó dos víctimas mortales. Pese al pesimismo con que se cerró el año en torno al escenario vasco, cabe destacar una iniciativa de paz hecha pública en abril de 2006. En ese momento, 200 mujeres pertenecientes a todos los partidos políticos de Euskadi (con excepción del PP) anunciaron la creación de un colectivo, Ahotsak, con la intención de poner de manifiesto la voluntad de todas las integrantes de lograr una salida negociada al conflicto. Como ellas mismas señalan en su manifiesto fundacional “somos mujeres de distintas ideologías, tradiciones y sentimientos que, a título personal, y partiendo desde lo que nos une y desde lo que nos separa, queremos explorar pasos hacia delante en la búsqueda de la paz y de la reconciliación” [13]. Inspirado en otras iniciativas semejantes que en otros lugares del mundo en conflicto han tenido lugar, este proceso de encuentro de mujeres procedentes de diferentes e incluso opuestos espacios políticos e identidades nacionales se ha ido abriendo e integrando a mujeres del ámbito sindical y del movimiento feminista y ha llegado a reunir a 2.000 mujeres en actos públicos. Cabe destacar la defensa que hacen del diálogo sin condiciones ni exclusiones, la búsqueda de puntos de encuentro entre las diferentes posiciones políticas y sociales que existen en Euskadi, así como del reconocimiento de todas las partes. Se trata de puntos clave para que un proceso de paz pueda avanzar y no se estanque en las diferencias que inevitablemente aparecen en todo proceso de diálogo. Desde su creación en abril de 2006, han sido numerosas las mujeres de Euskadi, y también de otros puntos de España que se han adherido a esta iniciativa, que se venía gestando desde varios años atrás. En un contexto político tan polarizado como es el de Euskadi, en el que los espacios de encuentro entre las diferentes opciones políticas brillan por su ausencia, Ahotsak supone una iniciativa pionera y con un enorme potencial para avanzar hacia la paz.

P.-S.

* Ana Villellas y María Villellas son Investigadoras de la Unidad de Alerta de la Escola de Cultura de Pau de la Universidad Autónoma de Barcelona. www.escolapau.org

Este artículo ha sido adaptado por las autoras de su versión original incluida en el anuario Alerta 2007! Informe sobre conflictos derechos humanos y construcción de paz, elaborado por la Escola de Cultura de Pau y publicado por Icaria Editorial.

Notas

[1] Kandiyoti, D., “Guest Editor’s introduction. The awkward relationship: gender and nationalism” en Nations and Nationalism, Vol.6, No.4, pp. 491-99, 2000; Hadjipavlou, M., “No permission to cross: Cypriot women’s dialogue across the divide” en Gender, Place and Culture, Vol. 13, Nº 4, pp.329-351, agosto 2006.

[2] Al-Ali, N., “Review Article. Nationalisms, national identities and nation status: gendered perspectives” en Nations and Nationalism, Vol.6, No.4, pp.631-38, 2000; Cusack, T., “Janus and gender: women and the nation’s backward look” en Nations and Nationalism, Vol.6, No.4, pp.541-51, 2000; Kandiyoti, D., op. cit.; Walby, “Gender, nations and states in a global area” en Nations and Nationalism, Vol.6, No.4, pp.523-40, 2000.

[3] Anderson, B., Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1983.

[4] Bracewell, W., “Rape in Kosovo: masculinity and Serbian nationalism” en Nations and Nationalism, Vol.6, No.4, pp.563-90, 2000.

[5] Kandiyoti, D., op. cit.

[6] Coomaraswamy, R., “A question of honour: women, ethnicity and armed conflict”, conferencia dada en la Third Minority Rights Lecture, Hotel Intercontinental, Ginebra, 25 de mayo, 1999.

[7] Para más información sobre esta cuestión véase Zorrilla, M., La Corte Penal Internacional ante el crimen de violencia sexual, Cuaderno Deusto de Derechos Humanos nº 34, Bilbao, 2005.

[8] Coomaraswamy, R., op. cit.

[9] Bracewell, W., op. cit.

[10] Sluga, G., “Female and nacional self-determination: a gender re-reading of ‘the apogee of nationalism’” en Nations and Nationalism, Vol.6, No.4, pp.495-521, 2000.

[11] Bell, C., “Women address the problems of peace agreements” en Peace Work. Women, Armed Conflicts and Negotiation, 2004, Delhi, ICES.

[12] Hadjipavlou, M., op. cit.

[13] Ahotsak, Declaración fundacional, en: http://ahotsak.blogspot.com/



2007-04


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