Podría parecer extraño, pero el problema social que representa la violencia de género
ha venido marcado tanto por su invisibilidad como por su continua y constante
presencia a lo largo de la historia, y esta situación antitética ha marcado, como veremos,
la realidad de las mujeres en la sociedad.
No obstante, podría pensarse que una de estas circunstancias, la invisibilidad o la
manifestación, debería llevar a la negación de la otra, pero en verdad ocurre lo contrario.
Ambos elementos se necesitan y complementan para construir la estructura
social y el significado que debe levantarse ante la violencia de género, de forma que,
como arbotantes contrapuestos, ha podido mantenerse en pie a lo largo de la historia
y soportar los envites más fuertes y los vientos de cambio más intensos.
Si el objetivo hubiera sido ocultar todo para mantener una imagen irreal de la desigualdad
de las mujeres y sostener la inexistencia de la violencia,podríamos decir,ante
los «inevitables» casos que hubieran trascendido ese mundo oculto, que se habría fracasado.
Por otra parte, si la violencia se hubiera manifestado en toda su dimensión y
con todas sus consecuencias, la reacción social se habría producido de manera indefectible
antes o después, con mayor o menor intensidad. De este modo, cualquiera de
las posiciones monolíticas habría sin duda fracasado en su objetivo de mantener la desigualdad
entre hombres y mujeres como parte de la estructura social (Lorente, 2001).
Por ello, la violencia de género siempre ha estado presente como realidad y como
resultado, en todo momento se ha legislado contra las agresiones de los hombres a las
mujeres, y en cualquier época se han producido casos que han recibido la respuesta
implacable de las instituciones, pero, en lugar de ser interpretados como una manifestación
de algo oculto o como signo de un problema más profundo, han sido presentados como resultados aislados de situaciones y circunstancias desviadas por anormales
o patológicas, para que acabaran con su propia representación (Stark, 1979).
La sociedad patriarcal ha necesitado esos casos para demostrar que la violencia de
género no existía como un problema social, para sostener que sólo había casos aislados
y que la propia respuesta ante algunos de ellos demostraba su compromiso frente
a la violencia. De ahí que nunca se haya negado como posibilidad, aunque sí se ha
desnaturalizado en su manifestación (Lorente, 2004).
La violencia contra las mujeres ha
estado presente de forma generalizada a lo largo de la historia. Es cierto que se ha presentado
de distintas formas, unas veces de manera más subliminal, mediante el control
social o la discriminación, otras de manera objetiva, dando lugar a agresiones y
ataques, pero en ningún momento ha estado ausente. Para conocer el significado de
una situación estructural como la apuntada, podríamos dar un largo rodeo que nos
llevaría al punto de partida, a esa realidad violenta que tratamos de analizar. Para evitar
ese prolongado recorrido y centrarnos en su significado, podemos tomar un atajo
que a la vez estimule la reflexión. Para ello, lanzaremos al aire una pregunta: ¿Qué circunstancias
deben existir para que una violencia nacida en el seno de relaciones
caracterizadas por el afecto y el amor haya estado presenta a lo largo de los tiempos
sin apenas una modificación significativa, hasta el punto de que hoy, en pleno siglo
XXI, nos estamos preguntando sobre el origen de la misma, y andamos buscando soluciones?
(Lorente, 1998).