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Sábado 28 de agosto de 2010
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Algunas razones para una ciudadanía feminista
Por Ainhoa Güemes Moreno
16 de mayo de 2007

Las elecciones están al caer, y por lo que nos puede caer encima yo no quiero conformarme con ser una electora obediente que se esconde bajo la pesada capa del status quo. Que la ciudadanía sea partícipe de la política significa que pueda disfrutar plena y libremente de todos sus derechos, entre ellos el derecho a expresarse. Porque decir lo que una piensa puede provocar un cambio. Si meto el papelito en la urna estoy ejerciendo mi derecho al voto, y a la vez estoy recogiendo el testigo de las sufragistas. Si escribo y difundo lo que pienso me arriesgo. Pero merece la pena escribir y pensar. Se trata de colaborar, de tomar parte activa en la construcción de una ciudad, un país donde se transmitan valores feministas, es decir, igualitarios y no violentos. Me gustaría hacer, en nombre de Plazandreok, y desde un punto de vista íntimo y personal, un breve análisis feminista sobre los conflictos y la violencia que sufrimos como consecuencia del denominado conflicto vasco. Espero que este análisis vivencial nos ayude a reflexionar mejor sobre la utilidad de nuestro voto, y de nuestra palabra.

El 20 de febrero de 2003, el juez instructor de la Audiencia Nacional Juan del Olmo ordenó la clausura del periódico Euskaldunon Egunkaria, diario en el que yo trabajaba como redactora. De la noche a la mañana, se decretó el cierre de la empresa y la detención de su director, y de los miembros de su consejo de administración. Algunos, como el propio director Martxelo Otamendi, denunciaron haber sufrido torturas. La consejera de Cultura del Gobierno Vasco, Miren Azkarate, calificó el cierre del Euskaldunon Egunkaria de “medida de excepción”.

Meses después de este macabro suceso decidí viajar al Hemisferio Sur para oxigenarme. Yo era una trabajadora en precario, contratada en calidad de becaria, situación laboral que no dudaba en denunciar. Sin embargo escribir para el diario Euskaldunon Egunkaria era una tarea muy gratificante para mí: nunca fui censurada, ni juzgada por exponer mis ideas públicamente. El hecho de que en un estado democrático el ejercicio de la libertad de expresión pueda suponer la detención y el encarcelamiento de profesionales de la información y de la comunicación es un hecho espeluznante. Mis principios se tambalearon: fue un duro golpe. Que el estado tenga el poder de juzgar a alguien por escribir un artículo de opinión o por redactar una noticia desde una subjetividad y una ideología propias, en mi opinión, es injustificable (de la misma manera que es injustificable la ilegalización de partidos políticos); se trata sin duda de una limpieza ideológica y de un abuso del poder. Esto demuestra que cualquier idea, cualquier actitud, cualquier acción disidente con el sistema puede ser identificada como un acto de apología al terrorismo. Cuando la Guardia Civil precintó las oficinas de Egunkaria creo que todos y todas estábamos asustados: ¿a quién no le asusta pensar que por atreverse a pensar se ha de pagar un precio tan alto?

En esos años en que gobernaba el Partido Popular, había presenciado con una mezcla de rabia, tristeza, miedo e impotencia, el encarcelamiento de mujeres de mi generación comprometidas con la construcción política y cultural de Euskal Herria, acusadas de colaborar o de pertenecer a ETA; algunas de ellas cumplen condena y padecen la dispersión en las cárceles del Estado español. Muchas en el momento de ser juzgadas denunciaron haber sido torturadas en comisaría antes de ingresar en prisión o de ser puestas en libertad. El dolor que sentí cuando escuché los testimonios fue muy profundo y muy físico, como si los golpes y las vejaciones los hubiera sufrido yo misma. Un ejército de escorpiones robotizados invadió mi cama para clavarme en el cuello un chip envenenado: sueños paranoicos con imágenes violentas acentuaban noche tras noche el miedo que sentía. Necesitaba saber más y escribir sobre el peaje que hay que pagar por ser disidente, activista política, feminista y lesbiana en un estado opresor y hetero-patriarcal, sobre cómo controla el sistema nuestros cuerpos y nuestras ideas, y sobre los mecanismos y estrategias de supervivencia que tenemos a nuestro alcance.

He de decir que no estoy a favor de la lucha armada, ni de ninguna expresión de violencia, mi deseo es que una o varias comunidades y etnias culturalmente diferenciadas puedan disfrutar de los mismos derechos y compartir un mismo territorio. Que los derechos individuales recuperen el lugar que se merecen. Mi deseo es que las calles de nuestros pueblos sean espacios de confianza y convivencia en libertad. Y he de dejar claro que ni ETA ni el terrorismo de estado contribuyen de ninguna manera a la materialización de este deseo. Estoy convencida de que el feminismo puede contribuir en gran medida a la construcción de una sociedad no violenta, más justa, más igualitaria, y más feliz.

En el transcurso de esos acontecimientos mi desconfianza hacia cualquier tipo de estructura o de organización política liderada por hombres fue creciendo. Abandonada en un campo de minas sufría por esquivar el peligro. Se trataba de evitar caer en las trampas que nos tiende el patriarca. No podía entender la razón de tanto sacrificio. No merecemos ser sacrificadas ni asesinadas en nombre de ninguna patria. Empecé a tener la firme convicción de que como activista política mi lugar está principalmente en el movimiento feminista y de lesbianas. Digamos que llegó un momento en el que ya no era prioritario para mí defender la diversidad cultural de los pueblos, concretamente el derecho a existir y el derecho de autodeterminación de Euskal Herria, país donde he nacido y con el que me identifico culturalmente. Que no lo considere prioritario no significa que haya dejado de creer en la libre expresión de los pueblos frente a los estados constituidos.

Sin embargo, la fuerza de mis reflexiones desembocaba una y otra vez en un análisis centrado en las contradicciones que dentro de los movimientos radicales de izquierda se dan en torno al postulado feminista. Por no hablar de la percepción general que la gente tiene de las lesbianas, quienes todavía seguimos siendo invisibilizadas. El lesbianismo, entendido como la complicidad más física y más profunda entre mujeres, es una práctica que nos enseña a querernos más, a mirarnos y admirarnos en el cuerpo de la otra que es nuestro reflejo. Que nos enseña a cuidarnos y a protegernos contra cualquier tipo de agresión o maltrato. La incongruencia de la izquierda, -de la derecha mejor no hablar-, en lo que afecta a las reivindicaciones de las feministas, de las lesbianas y demás degeneradas y degenerados: homosexuales, transexuales, intersexuales y gente queer, es un asunto que me preocupa. Los viejos esquemas machistas, la misma ideología hetero-patriarcal se repite entre las personas más progresistas. La mayoría de los hombres y algunas mujeres no han interiorizado todavía la necesidad de una política feminista, que en la práctica exige una reinterpretación crítica de la masculinidad y la feminidad impuestas y de la heterosexualidad obligatoria. El debate sobre el machismo y el hetero-sexismo como el debate sobre los diferentes tipos de violencia, sigue resultando incómodo y áspero. Quedan muchos cabos por atar, muchas preguntas sin respuesta.

Ahora que las elecciones están al caer, la gente debería preguntarse qué posibilidades de expresarse y de sobrevivir le ofrece el sistema, qué posibilidades ofrece a quienes se definen como feministas, lesbianas, un híbrido producto de la mezcla de dos o más culturas; disidentes, activistas políticas y de clase trabajadora. No hay urna que nos encierre, sin embargo existe un partido feminista que nos representa. La Plataforma Política Plazandreok es en realidad un espacio de confianza donde el hecho de atreverse a pensar y actuar por una misma no es condenable sino un motivo de elogio.

Todas y todos deberíamos organizarnos para que en nuestros pueblos y ciudades la dignidad, la felicidad, la diversidad y la igualdad sean las razones sobre las que se estructure la convivencia diaria. Porque razones feministas no faltan si de lo que se trata es de construir una ciudadanía a la medida de todas las personas.

 
Post Scriptum :
*Periodista y Técnica de Igualdad / Activista en Plazandreok

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